dissabte, 11 d’octubre de 2014

EL IMPERIO

El Imperio 

de l'escriptor Ryszard Kapuscinski


Reportero, trotamundo, cronista, el polaco Ryszard Kapuscinski (1932-2007) fue y sigue siendo un referente del periodismo internacional. Habría cubierto un total de 27 situaciones del tipo de asonadas, revueltas y golpes de Estado. El Imperio, publicado por primera vez en 1993, es uno de sus trabajos más celebrados (anticipo que, en mi opinión, el libro no desmerece junto a la literatura de calidad). Híbrido de relato de viajes y de reportaje, el imperio al que alude el título es la Unión Soviética: el antiguo imperio de los zares-más o menos-, en clave comunista.
    Por sobrepujar el nivel de la obviedad (‘esta es crónica de viajes por la URSS’),vale apuntar que el libro es en gran medida el testimonio de un viajerosumergido en la Unión Soviética profunda. Pero también es, en otra importante medida, relación –que no ensayo ni estudio exhaustivo- de lo que un observador acucioso ha visto en el transcurso de un acontecimiento miliar en la historia contemporánea: el derrumbe del imperio soviético.
Sabida la índole del libro, se puede contar con una sucesión de anotaciones realizadas conforme progresa la andadura del autor –andaduras, en rigor, ya que los viajes de los que deja constancia son varios. La expectativa es felizmente sazonada con reflexiones pertinentes, propiciadas por lo que se ofrece al entendimiento del viajero. Y es que Kapuscinski es cronista de fuste, cultivado, consecuente con su predicamento de que los periodistas han de ser “cazadores furtivos de otros campos: filosofía, sociología, psicología, antropología, literatura… Y [su deber es] profundizar en los temas. Hacerse sabios. Todo ello con el afán de hacer ver al lector” (‘El periodismo como pasión, entendimiento y aprendizaje’, artículo de prensa).
El primer contacto de Kapuscinski con el leviatán soviético se produjo cuando nuestro autor apenas contaba siete años de edad, en los aciagos días de 1939, a poco de ser rebasado el flanco oriental de Polonia por el Ejército Rojo. Tras esta iniciación, amarga como se puede suponer, siguieron sendos viajes por territorios de la URSS en 1958 y 1967. De manera inevitable, la nota política sobrevuela las páginas correspondientes a tales viajes, que ocupan poco menos de un tercio de la extensión del libro. No obstante, en ellas dicha nota está subordinada al interés por las singularidades culturales de la periferia asiática del imperio.
El grueso de la obra se concentra en el período final de la URSS, entre 1987 y 1992. Aquí el interés ‘etnológico’ es desplazado por el político. No es sólo el desmoronamiento del coloso comunista lo que concita atención, sino también las tensiones étnicas y nacionalistas entre las repúblicas extra-rusas, cuyo distanciamiento de Moscú es cada vez más pronunciado. Uno de los pasajes álgidos del libro es aquel en que el periodista, bajo disfraz y en connivencia con una diputada armenia del Sóviet Supremo, viaja al Alto Karabaj, constante motivo de disputas entre Azerbaiyán y Armenia. Hay ocasión de constatar la presión a que es sometido este enclave cristiano -específicamente armenio- en territorio musulmán, pero también el orgullo de un pueblo que se considera el extremo oriental de la civilización europea.
Otro notable momento es el que tiene por centro la región de Kolymá, desierto helado de Siberia nororiental. Reverbera en el capítulo respectivo el horror del Gulag,la red soviética de campos de concentración, tormento y sepultura de una miríada de víctimas engullidas por el régimen.
Aparte de las muy oportunas citas que de vez en cuando nutren las páginas de la obra, el panorama es redondeado por medio de comprometidas observaciones personales. No posa Kapuscinski de observador neutral. Así, por ejemplo, cuando visita Bakú (capital de Azerbaiyán) en plena crisis del poder soviético, puede comparar el éxodo masivo de rusos de las provincias imperiales con el de la población blanca de África en décadas precedentes. “Son [los que huyen de África] los colonizadores de ayer, amos y señores de estas tierras. Hoy, por el contrario, su único deseo es salir de allí […]”; misma situación es la que involucra a multitud de rusos en torno de 1990: antaño señores, al presente unos parias compelidos a retornar a la patria natal (o la de sus ancestros). ¿Qué hay en uno y otro caso, que impulse a migrar a las antiguas castas dominantes? “Es en la conciencia del colonizador –comenta el autor- donde se ha dejado oír su infierno, el infierno interior. Se ha despertado y salido a la superficie su mala conciencia […]. Esta mala conciencia no necesariamente tiene que referirsea todos y cada uno de los individuos que forman el cuerpo de colonizadores. Muchos de estos hombres se sienten –y lo son- del todo inocentes. Pero son víctimas de una situación que ellos mismos han contribuido a crear, a saber, la situación colonial, que se basa en el principio de la asimetría y la subordinación del hombre colonizado al colonizador”. El observador ha tomado partido, ya se advierte; el único que cabe al ciudadano de un país que ha padecido hasta la saciedad el drama de la invasión y la conquista.
Más adelante, otro de sus posicionamientos:
“Al mundo lo amenazan tres plagas.
La primera es la plaga del nacionalismo.
La segunda es la plaga del racismo.
Y la tercera es la plaga del fundamentalismo religioso.
Las tres tienen un mismo rasgo, un denominador común. La irracionalidad, una irracionalidad agresiva, todopoderosa, total. No hay manera de llegar a una cabeza tocada por una de estas plagas. En una cabeza así arde constantemente una santa pira en espera de víctimas. Todo intento de entablar una conversación serena está condenado al fracaso. Aquí no se trata de una conversación sino de una declaración. Que asientas a lo que él te dice, que le concedas la razón,que firmes tu adhesión”.
En otro llamativo pasaje, reflexiona Kapuscinski acerca de cómo ha asistido al proceso de la perestroika y la caída de la URSS: a través de dos pantallas, la de la televisión –que mostraba el teatro de la gran política- y la de la vida cotidiana –que le rodeaba por doquier en sus viajes-.El contraste lo lleva a percibir una suerte de contrapunto disonante entre el mundo cotidiano y el de los acontecimientos políticos. Mientras éstos siguen un ritmo vertiginoso, la rutina del hombre de la calle prosigue parsimoniosa y tan sufrida como siempre. Además, la televisión contribuiría -por fin- a desacralizar el mundo de la política (verdadera revolución en Rusia, país cuya constante histórica ha sido la mitificación de un poder absoluto y distante del hombre común).
Mérito notable es que tales pasajes -a manera de interludios- sean lo suficientemente dosificados y puntuales como para no alterar la progresión de la lectura. ‘El Imperio’ se beneficia de unas equilibradas proporciones de amenidad e información (prenda, me parece, de las crónicas de calidad).Desplegada la trama, fluye y discurre armoniosamente, sin costuras ni remiendos aparentes. Ya esto se agradece.
Mi muy personal veredicto: lectura recomendable; sin reservas.
“El Imperio”, Ryszard Kapuscinski. Anagrama, Barcelona, 2007. Traducción de Agata Orzescek. 357 pp.